Cuando confundimos la madurez con la resignación

Con frecuencia asociamos la madurez con la estabilidad, la prudencia e incluso con cierta capacidad para aceptar la realidad tal y como es. Sin embargo, es difícil no preguntarse si algunas veces aquello que llamamos madurez no es más que una forma socialmente aceptable de resignación. Esta es una reflexión sobre las diferencias entre crecer y simplemente acostumbrarnos.

Es difícil no observar cómo muchas veces hemos llegado a asociar la madurez con una especie de renuncia silenciosa. El dejar de esperar demasiado, el aprender a no hacer preguntas incómodas y el asumir que ciertas inquietudes pertenecen únicamente a la juventud o personas ayunas en la comprensión de “como funcionan las cosas realmente”. Como si crecer consistiera en aceptar que la vida es simplemente aquello que sucede y nada más. Y, en cierto sentido, quizá sea comprensible. Después de todo, todos terminamos descubriendo que las cosas rara vez ocurren como las imaginábamos.

Sin embargo, tal vez exista una diferencia importante entre aprender a vivir con la realidad y dejar de esperar algo de ella. Porque la resignación y la madurez no necesariamente son la misma cosa. La primera parece surgir cuando abandonamos ciertas partes de nosotros mismos para evitar el dolor de seguir esperando. La segunda, por el contrario, quizá tenga más que ver con desarrollar las herramientas necesarias para convivir con la incertidumbre sin dejar de elegir aquello que consideramos importante.

No se trata de vivir atrapados en una fantasía permanente ni de negar las limitaciones de la vida. Sino de comprender que las cosas son mucho más complejas de lo que imaginábamos y, aun así, conservar la capacidad de buscar sentido. Porque es difícil no observar cómo muchas personas consideradas maduras no necesariamente han encontrado paz, sino costumbre. La costumbre de dejar pasar los años. La costumbre de aceptar aquello que nunca eligieron. La costumbre de convencerse de que la resignación es simplemente una consecuencia inevitable de crecer.


Y quizá ahí resida una de las confusiones más comunes. Porque tal vez la madurez no consista en volverse indiferente ni en dejar de sentir. Tampoco en apagar aquellas partes de nosotros que alguna vez nos hicieron sentir vivos. Sino en aprender a sostener nuestras contradicciones sin necesidad de fingir que ya lo entendemos todo. El aceptar que algunas respuestas nunca llegarán y que aun así seguimos siendo responsables de las decisiones que tomamos.

En ocasiones, las personas que conservan cierta curiosidad, ciertos ideales o una necesidad de buscar algo más, suelen ser consideradas ingenuas o inmaduras. Sin embargo, quizá ocurra precisamente lo contrario. Porque crecer no debería consistir en abandonar aquello que nos hace humanos, sino en desarrollar la capacidad de convivir con nuestras dudas sin convertirlas en cinismo y con nuestras heridas sin convertirlas en resignación.


Tal vez por eso vale la pena preguntarse si la madurez consiste realmente en aprender a conformarnos con aquello que encontramos, o si más bien tiene que ver con aprender a vivir con incertidumbre sin perder la capacidad de elegir un camino propio.

Porque quizá crecer no significa dejar de hacerse preguntas.

Sino aprender a continuar.

Incluso cuando ya no existe la certeza.

Y.M.

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