Los cuatro disparos de Camus
Algunas historias ofrecen respuestas. Otras nos obligan a convivir con las preguntas. Esta es una reflexión sobre los cuatro disparos de El extranjero y nuestra necesidad de encontrar un porqué para todo.
Algunos libros permanecen porque ofrecen respuestas. Otros porque se niegan a hacerlo. El extranjero, de Albert Camus, pertenece a la segunda categoría. Décadas después de su publicación, una parte de la novela continúa resultando tan incómoda como fascinante. No necesariamente el asesinato. Sino algo mucho más extraño: los cuatro disparos adicionales.
Es difícil no observar cómo, durante algunos instantes, Camus parece construir una explicación. El calor insoportable. La arena. El reflejo del sol sobre el cuchillo. El sudor. La fatiga. Incluso Meursault parece describir una especie de confusión física, como si el mundo exterior terminara imponiéndose sobre él. Por un momento, el lector se siente aliviado. Finalmente existe una razón. Una causa. Algo que permita ordenar el caos y devolverle cierto sentido a lo ocurrido.
Sin embargo, justo cuando comenzamos a aceptar esa explicación, Camus aprieta el gatillo cuatro veces más.
Y con esos cuatro disparos destruye la historia que estábamos construyendo.
Porque un disparo podría ser producto del miedo, de la confusión o incluso del azar. Pero cuatro más parecen convertir el acto en algo mucho más difícil de comprender. Resulta extraño porque Meursault tampoco actúa como un hombre dominado por la ira. No habla de venganza. No describe un odio profundo. No parece poseído por una pasión que justifique lo sucedido. Simplemente relata los hechos, como si ni siquiera él mismo fuera capaz de convertirlos en una historia coherente.
Y quizá ahí resida una de las ideas más inquietantes de la novela.


Porque es difícil no observar cómo el juicio entero parece menos interesado en condenar el crimen que en encontrar una explicación satisfactoria. Todos necesitan una historia. La locura. Los celos. La culpa. El arrepentimiento. Cualquier cosa que permita transformar un acto absurdo en una narrativa comprensible.
Pero Meursault parece incapaz de ofrecer esa comodidad.
Y tal vez eso sea lo verdaderamente imperdonable.
Porque una explicación nos tranquiliza. Nos permite pensar que existe una causa precisa y que, al comprenderla, podemos mantener cierta distancia con aquello que nos aterra. Necesitamos creer que las acciones humanas responden a motivos claros. De otra forma, tendríamos que aceptar la posibilidad de que incluso nosotros mismos somos más extraños y contradictorios de lo que nos gustaría admitir.
Quizá por eso Camus añade los otros cuatro disparos.
No para explicar el asesinato.
Sino para impedir que lo expliquemos demasiado rápido.


Porque tal vez el objetivo nunca fue responder por qué Meursault mató al árabe. Tal vez la verdadera pregunta sea por qué nosotros sentimos una necesidad tan desesperada de encontrar un porqué.
Y quizá ahí resida la incomodidad que sigue haciendo de El extranjero una novela vigente.
No en la ausencia de sentido.
Sino en la posibilidad de que algunas cosas jamás terminen de explicarse por completo.
Y en nuestra dificultad para aceptar que, algunas veces, ni siquiera nosotros comprendemos del todo las razones de nuestros propios actos.
Y.M.

