Los peores días que nunca ocurrieron
A veces sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que realmente pasa. Esta es una reflexión sobre esos días que nunca ocurrieron… y por qué un día común vale más de lo que creemos.
OBSERVACIONES


Hay días que comienzan mal mucho antes de empezarlos.
Abres los ojos, observas el techo por unos segundos incluso minutos y antes de levantarte de la cama, ya estas viviendo una jornada. La mente comienza a trabajar, a analizar y sacar conclusiones. Recuerda problemas pendientes, conversaciones poco agradables, responsabilidades, errores del pasado y posibles complicaciones futuras. En cuestión de minutos un día que todavía no comienza ya parece un peso.
Lo irónico es que, muchas veces, ese día nunca llega; o no de la manera que lo esperábamos.
Pareciera como si nuestra mente estuviera construida y diseñada para anticipar problemas. Lo que por un lado tiene sentido. Durante miles de años, sobrevivir dependio de reconocer, detectar patrones y peligros antes de que ocurrieran. Un animal sin esta capacidad realmente sobrevive.
Por el contrario, los animales con mejores capacidades para esta tarea suelen tener las mejores posibilidades.
En la actualidad, muchos de esos aparentes peligros ya no existen, al menos no en la misma manera (dejando de lado estadísticas). Aun así, pareciera que nuestro sistema de anticipación al peligro y emergencias suele estar activo una gran parte del tiempo.
Ya no estamos pendientes al sonido de un animal salvaje escondido entre arbustos o nuestras aldeas.
Actualmente nuestras grandes causas de preocupación están más ligadas a un correo electrónico informándonos que debemos hacer una declaración de impuestos, a un recibo de X servicio que no contratamos, entrevistas de trabajo, juntas corporativas.
También pueden ser situaciones cotidianas como la luz amarilla del auto o una llamada telefónica con noticias poco agradables.
El sistema es el mismo, solo cambiaron las causas.
Por otro lado, la experiencia también se vuelve un jugador principal en este contexto. Si tuvimos malas experiencias dolorosas en un pasado, de alguna manera aprendemos a esperarlas. El cerebro toma muy buenas notas de todo. Construye e identifica patrones. De alguna manera intenta protegernos utilizando el pasado para predecir el futuro.
Hasta ahí no hay nada extraño. El problema aparece cuando olvidamos que estamos haciendo predicciones y una posibilidad se convierte en una expectativa, luego esa expectativa en certeza y con esta se producen emociones reales.
Entonces comenzamos a sufrir por escenarios que todavía no han ocurrido.
Ensayamos discusiones completas y argumentos mientras nos bañamos. Pensamos en críticas que nadie ha señalado. Nos paralizamos ante proyectos que comienzan a gestarse por el miedo a fracasar en ellos, sin siquiera haber dado el primer paso (parálisis por análisis).
Esto en si es una forma peculiar de sufrimiento. No viene de la realidad inmediata, sino de la observación de patrones y de la simulación que hacemos en nuestra mente sobre ello.
Se podría argumentar que el mecanismo que está diseñado para ayudarnos a sobrevivir en la complejidad de la vida cotidiana, se vuelve en nuestra contra y nos detiene en el tiempo, nos hace dudar.
Y en esa ficción, tan real y vivida por nuestra mente solo termina por afectarnos y extender el sufrimiento, sin siquiera estarlo experimentando realmente. El cuerpo responde, la tensión llega, el estrés, e insomnio.
Una manera de pensarlo es que algunas personas viven sus peores días varias veces. Primero en la imaginación, y posteriormente en la realidad cotidiana.
Y esto es solo si el escenario imaginado previamente realmente se materializa, lo cual en la mayoría de las veces no suele suceder, al menos no en el escenario tragicómico del imaginario planteado.
En el momento de enfrentarnos a la situación, muchas veces nos damos cuenta de que no era tan grave; y si lo era, no tuvimos tiempo de hundirnos en el sufrimiento mental, porque estábamos enfocados en actuar y en buscar soluciones.
En ese momento suele aparecer una sensación rara, no es felicidad concretamente hablando, tampoco alegría; sino una especie de alivio. Y el descubrir que aquello que sucedió tantas y repetidas veces en nuestra mente termino por ser solo un día común.
Y tal vez ahí se esconde algo que solemos olvidar.
Pasamos una gran parte de nuestra vida esperando o deseando días extraordinarios, grandes éxitos, grandes fracasos y momentos decisivos que cambien el camino de nuestra mera existencia.
Mientras tanto, subestimamos el valor y la belleza de los días comunes.
Y llega esta pregunta:
¿Qué es un día común?
Gran pregunta que solemos ignorar por el gigantesco deseo que nos han vendido sobre la excepcionalidad en todas sus formas.
El gran regalo que tiene un día común es esto: nadie murió, no existió una tragedia, tenemos tiempo para corregir errores, cambiar de rumbo o solo volver a intentarlo mañana.
Mirandolo desde una perspectiva, un día común es un privilegio silencioso. Nuestra mente seguirá fabricando escenarios, es su tarea y probablemente para mañana mismo vuelva a hacerlo. Buscará tal vez convencernos del desastre que sucederá si no actuamos hoy.
Pero vale la pena recordar algo:
Una predicción NO es un hecho.
Y muchos de los peores días de nuestra vida terminaron existiendo únicamente en nuestra imaginación.
Y.M.



